Historia Medieval

Sancho el Gordo (Operación Bikini Medieval)

 Ahora que estamos en pleno verano, os traigo a un personaje para que no desesperéis aquellos que no habéis podido completar la “Operación Bikini”. Nuestro protagonista adelgazó 130 kilos en sólo 40 días, así que vamos a conocerle más a fondo (Advertencia: no intenten hacer esto en casa).

Se trata de Sancho I, rey de León los años 956-958 y 960-966. Era el hijo menor de Ramiro II y parece ser que se pasó toda la infancia de banquete en banquete; a la muerte de su padre el año 951, le sucedió en el trono su hijo mayor Ordoño III, hermanastro de Sancho. Al parecer, esto no le hizo mucha gracia a nuestro protagonista ya que comenzó a conspirar para impedir la coronación, aunque sin éxito. Sin embargo, la suerte le sonrió ya que Ordoño moriría en el año 956 -en extrañas circunstancias, todo hay que decirlo- de manera que Sancho se hace con el trono.

Por aquellos entonces el joven rey (unos 20 años tenía) como resultado de sus banquetes y de su afición a la caza había desarrollado una obesidad mórbida que le llevó

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Sancho “El ex-gordo”

a pesar, según las crónicas, unos 240 kilos, algo quizás exagerado, pero no muy descabellado; No en vano, sus súbditos le pusieron el sobrenombre de “El craso” o “El gordo” (siempre hemos sido muy sutiles los españoles poniendo motes). Al parecer, el amigo Sancho hacía unas 7 comidas al día, llegando a incluir 17 platos en ésas sesiones, la mayoría con carnes de caza.

 

En todo caso, su manifiesta obesidad le hacía imposible cumplir los principales requisitos de un rey medieval: montar a caballo -no había animal que soportara tanta tortura-, luchar con armas -no había armadura que abarcase tanta majestad- y engendrar hijos -lástima de aquellas que lo tuvieron que intentar-.

Por todo ello, y también por su ambición y por enfrentarse a la nobleza, éstos se sublevaron y depusieron a Sancho sin que se pudiese defender (recordemos que no era capaz de pelear). Descompuesto y sin trono, acudió a su abuela, la reina doña Toda (también eran muy graciosos los medievales poniendo nombres) de Pamplona. Ésta hizo un trato con el rey musulmán Abderramán III para que sus doctores adelgazasen a su nieto y así recuperar el trono, a cambio de diez fortalezas y una suma de dinero. Y así, La reina madre de Pamplona y el pretendiente al trono leonés fueron hasta Al-Ándalus.

Una vez allí -imaginaos el viaje en litera a hombros desde Pamplona hasta Córdoba de un hombre de 240 kilos (mis condolencias a los porteadores)- dio comienzo la “dieta milagro”:

El médico judío que le trató, le hizo encerrar en una habitación, atarle de manos y pies y coserle la boca dejando sólo un pequeño hueco para una pajita. Por ahí le daban diariamente su comida: siete veces al día ingería infusiones de agua salada, agua de azahar, agua de verduras hervidas…. que le provocaban vómitos y diarrea de modo que cada vez que ingería algo expulsaba el doble por todos los lados.

Aparte de ésta infernal dieta, le obligaron a hacer ejercicio; como el rey no estaba muy por la labor y además las infusiones le dejaban débil, se las ingeniaron para atarle cuerdas alrededor de las axilas y la cintura y así, unos tiraban de él hacia delante obligándole a moverse y otros hacia atrás para que no se cayera.

Después de cada sesión de “ejercicio” le obligaban a darse baños de vapor para que sudara lo máximo posible. Finalmente, el día se cerraba con duros masajes para activar los músculos y evitar que se quedasen flácidos. Las posibilidades de la dieta eran muy simples: o adelgazaba, o moría. Sorprendentemente fue lo primero, y en tan sólo 40 días “El Gordo” pasó de 240 kilos a unos saludables 90 (110 según otras fuentes).

Una vez recuperada la figura, ya pudo montar a caballo y reconquistar su reino con la ayuda de antiguos súbditos navarros y algunos apoyos musulmanes, lo que consiguió en el año 960 y además pudo casarse y engendrar dos hijos.

Sin embargo, volvió a las andadas ya que no entregó las fortalezas prometidas, se volvió a enemistar con la nobleza y volvió a comer, aunque ésta vez sólo se atiborraba de fruta. Y así tendría una muerte de cuento:

Uno de los nobles rebeldes (el conde Gonzalo Menéndez) firmó las paces con él, y, como sabía que al rey le gustaba mucho la fruta desde su “dieta andaluza”, le ofreció una manzana envenenada, que Sancho tardó poco en devorar. Y así, al más puro estilo Blancanieves acabó su vida Sancho I “el Gordo” haciendo lo que más le gustaba: Comer

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