Historia Medieval

Abelardo y Eloísa (Amor medieval)

¿Se acaban las vacaciones y no sabes qué pasara con ese amor de verano? ¿Se te hace trágica vuestra historia de separación? ¿Sabéis eso de “si sales con mi niña te la corto”?

Pues aquí os traigo la historia de Abelardo y Eloísa, dos amantes medievales cuyo romance deja a la altura del betún al de los vampiros de Crepúsculo.

Pedro Abelardo nació en Bretaña (Francia, no Inglaterra, para los de la LOE) el año 1079 y era el hijo primogénito de un miembro de la baja nobleza; por ello estaba destinado a ser soldado, pero renunció en favor de su hermano menor para poder dedicarse al estudio.

A los 20 años se fue a París y comenzó a estudiar con los mejores maestros de filosofía; pronto comenzó a destacar en la retórica y oratoria hasta el punto de ganar varias discusiones públicas contra sus maestros y quedarse con sus alumnos.

Todo ésto hizo que se hiciese cada vez más famoso y con sólo 22 años ya formó su propia escuela filosófica donde su método era debatir (vamos, como Jorge Javier el de Sálvame pero en culto y con menos voces); el mismo Pedro Abelardo en sus memorias recuerda que de sus más de 5.ooo discípulos hubo un Papa (Celestino II), 19 cardenales y 50 obispos (Casi igual que entre los discípulos de Sálvame Deluxe).

abelardo
Abelardo y Eloísa en plena pillada

En lo más alto de su carrera conoció el año 1118 a su gran amor: la joven Eloísa que tenía entonces 17 años (y él 39, os ahorro hacer las cuentas); De ella se dice que era alta, rubia, de ojos azules y, cosa extraña en la época, muy culta ya que tenía estudios. Estaba bajo la tutela de su tío Fulberto, canónigo de la catedral de Paris, quien quería que su sobrina tuviese los mejores maestros con lo que pidió a Abelardo que la instruyera.

En resumen, a nuestro protagonista le dijeron que diese clases a una rubia de 17 años guapísima y encima inteligente, por lo que el propio Abelardo reconoce que:

“Era tal entonces mi renombre y tanto descollaba por mi juventud y belleza que no temía el rechazo de ninguna mujer a la que ofreciera mi amor. Creí que esta jovencita accedería tanto más fácilmente a mis requerimientos cuanto mayor era mi seguridad de su amor y conocimiento por las letras”.

Parece ser que, después de las primeras «lecciones», comenzó a surgir entre ellos el amor, por lo que seguro que les entraría la risa cuando Fulberto insistió a Abelardo para que diese clases particulares a Eloisa cada momento que el pudiera, «tanto de noche como de día (…) y que no temiese castigarla físicamente».

Por lo visto en filosofía avanzaron poco, pero en otras materias si que dieron más lecciones, porque nos cuenta el propio Pedro Abelardo lo siguiente (os acorto a las partes interesantes, que se que en esta historia interesa el morbillo):

“Con el pretexto de estudiar, nos dedicábamos al amor.(…)Los libros estaban abiertos, pero en ellos había más palabras de amor que lecciones de filosofía, más besos que explicaciones; mis manos volvían más a menudo a sus senos que a los libros.

Al final, tan llena de conocimientos estaba Eloísa que se quedó embarazada y su tío Fulberto por fin se enteró de lo que pasaba, con el consiguiente despido de Abelardo; pero como estaban completamente enamorados, el filósofo raptó a su amada y la llevó a Bretaña para que diese a luz, donde nació su hijo Astrolabio (menudas bromas tuvo que aguantar el niño en el instituto).

Como había que solucionar la situación (en la Edad Media lo de madre soltera no se llevaba), su tío obligo a los amantes a casarse, pero Eloísa pidió mantenerlo en secreto para no dañar la reputación de Abelardo .

Para no complicar la cosa, Abelardo llevó a Eloísa en un convento mientras que él volvía a Paris a dar clases; Fulberto, creyendo que el filósofo quería deshacerse de su sobrina cortó el problema de raíz, literalmente: sobornó a un criado de Pedro Abelardo y por la noche entró en su habitación con varios ayudantes y le cortaron los genitales (en aquella época no se andaban con tonterías).

Como le faltaban los atributos varoniles, no podía ejercer como profesor (sólo podían serlo los hombre completos) ni tampoco como marido (ni como consejero de la Khaleesi, que ya tenía uno), así que tanto Eloísa como Abelardo ingresaron en un convento (cada uno en uno claro). Como se ve que estaba un poco molesto aún con lo de su corte por lo sano, le expulsaron del monasterio en el que estaba, de modo que se retiró a un sitio sólo y fundó una ermita llamada Paracleto, que poco después sería convento.

Durante ésta época, y ya que no podía entretenerse de otra manera, Pedro Abelardo se dedicó a escribir sus memorias y, como no había whatsapp, cartas a su amada Eloísa; en éste tiempo, la pareja mantuvo una bonita correspondencia en la que se pone de manifiesto que se seguían amando y que aún “se tenían ganas” (os he resumido en dos frases más de 20 cartas) como dice la propia Eloísa

“¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!”

Al final, Abelardo murió  el 21 de abril de 1142 y Eloísa hizo que lo llevasen al convento Paracleto -el que él había fundado y del que ella era la primera abadesa-; veintiún años más tarde moría Eloísa, el 17 de mayo de 1163 la enterraron en la tumba de su amado.

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Tumba actual de Pedro Abelardo y Eloísa

Si os ha parecido bonita la historia, aún queda más: tras la Revolución Francesa, en 1792 el convento fue vendido y la tumba trasladada a Nogent; después en 1808 se les trasladó al Museo de monumentos franceses de París y por fin en 1817 reposaron en su actual tumba en el cementerio del Pere Lachaise, de la capital francesa.

 

En resumen, una romántica historia que intentaron arrancar de cuajo pero en la que triunfó el amor.

P.D. se puede leer tanto la correspondencia de los amantes como las memorias de Pedro Abelardo que las tituló “Historia de mis calamidades” (no es para menos).

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