Historia Contemporánea·Personajes Históricos

María Antonieta (Cómo perder la cabeza siendo reina)

La entrada de hoy va dedicada a una de mis incondicionales fans (de los miles de millones que tengo): Omayra Portillo de la Montaña, que me pidió que hablase sobre este personaje.

La verdad es que de la reina francesa todos hemos oído hablar, pero se suele saber lo básico: que fue reina, que le curaron la migraña de golpe en la revolución francesa y que el pueblo la odiaba. Hoy veremos el porqué de ese odio y la apasionante vida –y muerte- de María Antonieta.

Nació en Viena en 1755 con el nombre de María Antonia Josefa Juana (el nombre de vieja de pueblo definitivo), y era la hija número 15 y penúltima de las que tuvieron el emperador Francisco I y su mujer María Teresa (consecuencias de no tener tele ni internet).

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Antonieta protegiendose el cuello, pa porsi

Por lo visto, la pequeña a la que llamaban todos Antoniette (mejor que la ristra de nombres de abuela que tenía) creció siendo muy guapa y graciosa, pero con ninguna gana de estudiar ni formarse; al parecer se librara siempre de estudiar y lo único que hacía, como mucho, era tocar el piano. De hecho, se cuenta que en 1762 conoció al pequeño Mozart –que tenía su misma edad, 6 años-, donde el joven músico tocó en un concierto; al parecer, se tropezó con la butaca y quien únicamente le ayudó fue la joven Antonieta. Al ver lo guapa y buena que era, Mozart prometió que de mayor se casaría con ella (quien sabe lo diferente que hubiera sido todo)

El caso es que en 1769 cuando tenía 14 años, la prometen con el Delfín de Francia (el delfín es el heredero de Francia, como nuestra princesa de Asturias, pero allí con nombre de pez. Si es que son raros para todo); ahí es cuando se esmeraron más en educar a la futura reina de Francia, pero ya daba tiempo para poco.

Por fin, en 1770 se casaban María Antonieta de 15 años y el Delfín Enrique Pastor Luis Augusto; pero la noche de bodas ya empezaron los problemas porque el joven francés tenía fimosis, así que no hubo manera de “guardar la flauta en el estuche”. El frustrado rey anotó en su diario “rien” –nada-; y por lo visto sería así durante casi siete años, hasta que decidió coger las tijeras y quitarle el capuchón a su bolígrafo.

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De adolescente, con los collares que tanto se llevan ahora (¿manía de protegerse el cuello o premonición?)

Hay que decir que entonces la pareja era querida por el pueblo y se les veía con ilusión como herederos, aunque la nobleza ya le tenía manía a Antoniette por ser austríaca –país enemigo de Francia durante muchos años-. Acostumbrada a la corte imperial, le gustaba más la fiesta que la política (no la culpo) y en los primeros años vivió al estilo Paquirrín: yendo de fiesta en fiesta y sin dar un palo al agua (menos mal que no le dio por ser DJ). La manía de la nobleza contra la guapa de la delfina creció y la comenzaron a llamar “L’autrechienne” ingenioso insulto que significa “Austríaca” pero también “La otra perra” –“en francés autre chienne-. (tienen mala leche hasta para los motes).

El caso es que en 1774 cuando tenía 19 años murió Luis XV y ella y su marido se convirtieron en reyes de Francia y de Navarra (de Navarra sólo de título porque era territorio español, pero como siempre, los franceses van a su ritmo). Ahí María Antonieta intentó bajar el ritmo de fiestas y salones, pero la fama ya la tenía; además se cuenta que como su marido no podía “meter el avión en el hangar”, ella se dedicaba a volar en otras compañías low cost.

Al final, ocho años después, por fin dio a luz, pero fue niña, por lo que el pueblo francés se enfadó con ella (como si tuviera la culpa); por fin, al año siguiente dio a luz a un varón, aunque los franceses (nunca contentos) comenzaron a decir que el hijo no era del rey (tampoco es una cosa improbable). La cosa es que la maternidad le sentó bien a nuestra protagonista, ya que sentó bastante la cabeza y se dedicó a cuidar y educar a sus hijos, aunque no dejó totalmente de lado las fiestas ni los lujos.

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Traje de la época. Cuando andaba sonaba la sirena de los autobuses marcha atrás

Pero resulta que lo que más va a enfadar a la gente, son dos cosas de las que María Antonieta no va a tener ni siquiera la culpa: el episodio del collar y la frase de los pasteles.

Vamos al primero: en 1785 un joyero reclamó 1,5 millones por un collar de diamantes que le encargó la reina, así que la gente, se disgustó más que los mejicanos –y el mundo en general- con lo de Trump. Pero resulta que ella no lo había encargado: al parecer, dos timadores habían convencido al obispo de Rohan (si, como el reino del señor de los Anillos) de que la reina lo quería, así que el obispo por pelotear lo encargó, pero nunca llegó al cuello de Antonieta, sino que se quedó por el camino. María Antonieta lo denunció a la justicia y se demostró que ella no tenía culpa, pero el pueblo ya se quedó con la mosca tras la oreja y le cogió más tirria.

Con la revolución ya medio planeada se soltó su famosa frase “Si no tienen pan, que coman pasteles”, con la que el cabreo del pueblo fue monumental, como con la cobra de Bisbal a Chenoa. Pero es que la frase no la dijo ella, ni siquiera está claro que se dijera en ésa época, pero el bulo corrió cual cotilleo de Sálvame, y ya la popularidad de la reina era más baja que la audiencia de la 2.

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Muy lujosos los vestidos, pero como te de un apretón rápido….

Como estaba la cosa calentita, la reina –con buena intuición femenina- le aconsejó al rey que se fuesen de parís hasta que se calmara la cosa, pero no le hicieron caso. Al final, como sabéis, en 1789 los franceses hicieron un “rodea el Congreso” y asaltaron la Bastilla. Los reyes, ahí sí, cogieron el primer blablacar que pudieron para huir, pero les pillaron y les encarcelaron.

De aquí viene el llamado “síndrome de maría Antonieta”, ya que a la reina se le puso el pelo blanco de un día para otro (si a alguien le interesa que busque más información, es muy curioso).

Al final, como dice la historia a Luis XVI le dieron guillotina en 1793; 9 meses después, en octubre se procesó a la antigua reina. Se dice que María Antonieta se comportó muy dignamente y fue valiente hasta el final; así acababa la vida de película de ésta reina, que -aunque no fue buena-fue odiada por cosas que no hizo.

 

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